Porque a veces no sobran las palabras, ni las bonitas... ni las feas.
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martes, 2 de diciembre de 2008

Intentando un futuro

Era la oportunidad de su vida. Una entrevista que marcaría su futuro inmediato durante dos años. Trabajo asegurado recién licenciada, segundo año en un destino en el extranjero. Y era hoy.


Se levantó muy temprano y se vistió pensando en cómo le gustaría más a los entrevistadores, esas personas sin nombre, ni rostro, ni voz, pero sí con voto, pues iban a decidir su destino. Se maquilló más de lo que solía a diario y se peinó bien, estirando las ondas rebeldes. Hoy era el día. Calzaría un tacón discreto. La mente ya la llevaba preparada.


Salió del metro y se encaminó al elegante edificio del Paseo de la Castellana por la acera, tan ensimismada que no vio a su compañera, que venía a lo mismo y también más emperifollada que nunca. Las dos igual. Camino de la construcción de mármol negro.


En la sala de espera todo eran nervios. Y preguntas. Y El País sobre la mesa.


Y en la sala de la entrevista todo eran formalidades. Y más preguntas. Muchas. Alguna jodidas. A pillar. Y actualidad, y asuntos de derecho, y ante todo, mucho Periodismo. Y la repasaron de arriba abajo, y la sonrieron y la examinaron como se coge a un bicho raro con unas pinzas y se pone debajo de un microscopio mientras se toman notas en una libreta. Y ella aguantaba el tipo, sentadita con las piernas cruzadas, con una sonrisa agradable y simulando que no se moría por dentro, mientras intentaba convencer a aquellos desconocidos de que era, sin lugar a dudas, digna merecedora de una de esas escasas 30 plazas por las que la gente se pegaba.


Y de nuevo en la sala de espera, tensión. La azafata que se chiva: "He oído que han dicho que les gustas".


Cuando salieron a la calle, las dos amigas se abrazaron. Sea lo que sea lo que depare el 15 de diciembre, pasaron cada fase del tedioso proceso juntas. Y lo intentaron juntas, y cada una ayudó a la otra. Y ojalá juntas entren allí.

jueves, 13 de noviembre de 2008

El parque del otoño

Subí tres peldaños, uno a uno, a saltitos y con los pies juntos, y los volví a bajar de la misma manera. Observé mis zapatitos de charol rojo de la talla 32 y tras ello, alcé la vista para mirar en derredor. Los niños aún no habían llegado y un intenso viento frío barría las hojas esparcidas del otoño. Las oscuras nubes de las 5 de la tarde se amontonaban sobre las copas de los amarronados árboles y el parque estaba callado, tan mudo y tan helado como puede estar el interior de un sarcófago, en esa fea tarde de noviembre.


Volví a subir tres peldaños. "Lunes, martes, miércoles", tatareé mentalmente. Ahora iré al jueves. Subí un peldaño más. Y ahora... ¡ahora al lunes de nuevo! Junté con fuerza mis rodillas, agaché el culo para darme impulso y me lancé de nuevo al último escalón. Mi oscuro y largo cabello danzaba al compás de mis brincos sobre mis estrechos hombros. Esos zapatitos nuevos de charol comenzaban a hacerme daño. Y los niños no llegaban.


Mi mamá tampoco llegaba como cada tarde a la salida del colegio, con su bocadillo de mortadela envuelto primorosamente en papel de plata. A pesar de mi corta edad, comenzaba a sospechar que algo no iba bien en ese parque. Volví a mirar alrededor, y revisé de nuevo cualquier rastro de presencia humana entre los manchados troncos de los árboles. Nada. Nadie.


Fue entonces cuando lo sentí, porque jamás llegué a verlo. Alguien corría a mis espaldas furiosamente, y antes de poder girarme, ya me había agarrado la cabeza y puesto un pañuelo untado con una sustancia de penetrante olor en mi naricita. La otra mano me tiraba de los cabellos y a pesar de lo asustada que me sentí, y de lo mucho que quería que apareciese mi mamá, empecé a sentir un sueño tan pesado que me cubrió como una losa...


Como la losa del sarcófago que era aquella oscura tarde en la que desaparecí.

lunes, 20 de octubre de 2008

El reinado del terror

Carolina Corday estaba asustada.



Cuando llegó a París, el puñal oculto entre sus dos pechos, tenía un objetivo y una determinación, que no eran más que hacer justicia y matar a aquel hombre. Jean Paul Marat. Aquel ser frustrado y obsesivo que desde su periódico, El amigo del pueblo, clamaba por el ajusticiamiento de medio país; peticiones que, por desgracia, eran escuchadas y atendidas con placer y fervor por los seguidores de los jacobinistas. "Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas", que decía Santa Teresa.



Marat dejaba transcurrir aquellos días de la Revolución Francesa dentro de su bañera de aguas medicinales, pretendiendo que el agua fría le calmara los picores de su piel, enferma desde que años atrás tuviera que ocultarse en las cloacas parisinas. Improvisaba un pupitre a su vera y, pluma en ristre, plasmaba con ella sobre el raído papel sus calumnias y sus amenazas.



Carolina lo halló así, sumergido y semi-desnudo, cuando llegó a la casa del escritor. La excusa la traía preparada; el puñal, también. En la habitación flotaba una nebulosa pátina, y un olor acre la tentó a retroceder. Marat la miraba fijamente desde aquella posición suya ligeramente recostada, con los ojos llenos de desconfianza y suspicacia. Carolina pestañeó suavemente y ante su tímida y estudiada sonrisa, los músculos de Marat se relajaron. Fue entonces cuando enarboló en su mano un manojo de papeles: la razón de su visita. En esas hojas se suponía que estaban escritos los enemigos de Francia que era necesario ajusticiar, y Marat codiciaba nombres nuevos y sangre fresca.



Jean Paul tendió su húmeda mano y tomó el manuscrito. Se mordió el labio inferior y comenzó a hojearlo con avidez. Era el momento, y Carolina no tenía un segundo por desaprovechar. Aguantó la respiración y, deslizando la mano bajo su blusón, sacó el puñal sigilosamente. Marat tenía la cabeza gacha, como un niño pequeño al que su mamá le está echando una regañina, y la nuca se mostraba blanca y huesuda. La joven simuló que se aproximaba por la espalda para ver las hojas por encima de la cabeza del periodista, y en un instante, con los dedos crispados sobre el mango del puñal, le atestó una certera cuchillada en el pecho, limpia, rápida, mortal. Los ojos de Marat la miraron por un segundo, incrédulos, y quedaron huecos inmediatamente después.



Carolina Corday nunca opuso resistencia, ni cuando la detuvieron, ni cuando la juzgaron, ni cuando la ajusticiaron. Esta girondina sólo pretendía que, con su asesinato, se diera por finalizada la larga cadena de muertes que la revolución había traído: fue en vano.






lunes, 13 de octubre de 2008

Italia

Italia hoy me ha vuelto a gustar tanto como aquella vez primera que puse mis pies en aquel país de calles sucias y edificios viejos. Recuerdo perfectamente el olor de Milán en aquella tarde de tormenta en que la ciudad me guardó. Su catedral me miró indolente e impenetrable, pues nunca pude llegar a acceder al templo por llevar los hombros al descubierto. Exigencias de un país profundamente católico.

Y recuerdo Roma, y sus ruinas, y sus vespas, y sus helados frescos y cremosos. Y vuelvo a sentarme en el bordillo de la Fontana di Trevi a lanzar tres monedas a las aguas que se hallan a mi espalda. Un pakistaní de nuevo vuelve a ofrecerme una rosa, y yo se la rechazo porque mi dinero ya está en el fondo de la fuente.

Venecia. Un reguero de canales, de callejuelas, de turistas y de gondolieri que buscan clientela para sus caros servicios. La plaza de San Marcos, "el salón de baile más hermoso de Europa", decía Napoleón. Un café macchiato. Las palomas.

Y Bologna... Bologna è una vecchia signora dai fianchi un po' molli, cantan allí. Otra vez me siento a dejar pasar el verano bajo sus interminables soportales, y volvemos todas aquellas chicas extranjeras a mirarla desde lo alto, desde la torre degli Asinelli, y a redescubrirla.

Hoy Italia me ha vuelto a impactar. Mis razones tengo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Consecuencias de la era moderna

Esta mañana me levanté temprano y temprano salí a la calle. Las nubes de la noche anterior habían dado paso a un día frío y tímidamente soleado. Cuando llegué a la Clínica, eran alrededor de las 11. Llevaba en el bolso la vacuna contra la gripe, contra ese mal con cepas australianas que nos promete días de temblores y profundo malestar. Estaba envuelta y fresca, recién sacada de la nevera de la farmacia. Lista para ser inyectada.


Cuando entré en el edificio, me senté a esperar a que me atendieran. En la sala, sólo una pareja de ancianos y yo. Los mañaneros de la salud. Y sin previo aviso, fue cuando él apareció, vestido con unos pantalones de chándal y un forro polar azul. Era un hombre joven y moreno, con la mano derecha envuelta en una gasa completamente ensangrentada. Estaba mareado, consternado y había perdido el sentido de la orientación, por lo que el médico, un entrañable anciano canoso, le sujetaba de ambos hombros con sus manos y lo guiaba hasta una sala de curas. Entre tanto, sus palabras eran:


- Por allí, hombre. Cálmese. Tenemos que verle ese dedo machacado y comprobar si hay astillas de huesos en el interior.


Dejó al herido con otra doctora y comentaron que había sido un accidente con una máquina que se le había escapado de las manos y había ido a parar a su dedo anular derecho para destrozárselo. Luego salió de nuevo a la sala de espera. Era él quien iba a vacunarme.


Aún me pregunto qué ha sido de él, y de su dedo anular.