Porque a veces no sobran las palabras, ni las bonitas... ni las feas.
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martes, 15 de julio de 2008

Noches blancas

Pasó un dedo entumecido por la barandilla de popa. Estaba húmeda y salinosa, y brillaba bajo la trémula luz de ese anochecer que nunca llegaba en las noches blancas de Rusia. A sus espaldas, detrás de las cristaleras, en la discoteca quedaban los restos de una fiesta: vasos con restos de la hierbabuena del mojito, pajitas, gorros puntiagudos y el disc-joker, que ya recogía sus bártulos y se disponía a irse a dormir, como todos los demás.

Las olas lamían la barriga del enorme barco de crucero, y el mar se agitaba con algo de rabia, como enfadado porque todo se hubiera terminado. Atrás quedaban las risas sofocadas, los bailes y las miradas furtivas. Sólo quedaba ella en aquella popa vacía, mirando las nubes oscuras.

Fue entonces cuando sintió que una mano masculina se posaba en su cintura, atrayéndola hacia un cuerpo cuya calidez contrastaba con el intenso frío de la brisa marina. Ya no se sabía sola. Ya todo estaba bien bajo aquel cielo ruso que no anochece.

martes, 24 de junio de 2008

Aguadulce

Era un niño pequeño, de unos 6 años a lo sumo de edad. Tenía los ojos grandes y redondos, con esa mirada tan brillante que tienen los inocentes. Su piel estaba bronceada y su corto pelo moreno refulgía bajo los rayos del sol que caían sin piedad sobre la playa de Aguadulce. El niño se movía con gran agilidad sobre las afiladas rocas negruzcas que conformaban la ensenada, a la cual había llegado nadando y esquivando con destreza a las babosas medusas que flotaban en la superficie del mar. Portaba en una mano un cubito decorado con dibujos infantiles lleno de agua salada, que se derramaba a cada movimiento del impetuoso muchacho. Dentro del cubo, un microcosmos, un ejemplo reducido de toda la vida que existía bajo las olas. El niño había atrapado y conminado a permanecer dentro de su cubo a dos erizos de mar, unas lapas, un par de cangrejos y un puñado de pececillos de diverso tamaño. Había añadido además, para mayor realismo o tal vez por mera diversión, unas cuantas piedrecillas (pues en Aguadulce la mar poco bravía apenas había erosionado la arena, conformada por pedruscos) y unas cuantas algas.

Una pareja de extraños alcanzaron a nado la ensenada. Era un chico y una chica jóvenes, y al hablar el niño percibió que no podían ser de Aguadulce. Hablaban de un modo extraño, pronunciando todas las letras de las palabras. Cómo sin magia, como sin salero. Al ver el cubo, se acercaron al niño, que los recibió con una sonrisa en la que faltaban unos cuantos dientes.

-¡Vaya! ¿Qué tienes ahí? -preguntó la chica.

-Pue mi pesca. ¡He cogio un montón de cosah! ¿Quiereh verlo? Tengo de tó...

La chica metió un par de dedos en el cubo, bajo el agua que brillaba bajo el sol. Acarició con cuidado las púas de los erizos del mar, y tomó al cangrejo en su mano, que se retorcía impaciente.

-¿Cómo los has atrapado?

-Con una ré. Si no, los erizoh pinshan.

El niño tomó a las dos lapas, que se hallaban unidas.

-¡Mira, chica! ¡Se están besando! -exclamó, a lo que ella rió divertida.

El joven extraño se aproximó más y le preguntó:

-¿Qué harás con todo esto?

El pequeño, inusitadamente serio, se levantó con el cubo entre las manos y, equilibrando su cuerpo sobre las afiladas y resbaladizas rocas, se aproximó al borde del mar. Entonces, y de un sólo y amplio movimiento, vació todo el contenido del cubo en el agua.

-Darleh libertá. No seré yo quién acabe con toa esta vida.

viernes, 30 de mayo de 2008

Una foto llamada Dolores

Sobre una mesita de madera, en el salón de mi casa, hay un bonito portarretratos. Es metálico y de tamaño mediano, con incrustaciones de nácar que reflejan la luz que por la ventana se cuela. Pero, a pesar de su hermosura, lo importante es la foto a la que sirve de soporte. Es una imagen en blanco y negro, la de una guapa joven de cabello corto y grandes ojos oscuros. La mujer mira al infinito, la cabeza ligeramente situada en perfil, tal y como era la moda de finales de la década de los 40. Un pañuelo de seda adorna su blanco cuello y una sonrisa velada alegra su bello rostro. En la esquina inferior derecha, en una tinta ya descolorida por el paso del tiempo, se lee: “De quien nunca te olvida y mucho te quiere. Loli”.

Ella es mi abuela. Mi sol. Mi tesoro. Y la foto, un regalo para mi entonces joven y apuesto abuelo. Por su amor de años eternos, que yo aún veo perdurar sobre la mesita de mi salón.

lunes, 26 de mayo de 2008

Supongamos

Supongamos que hablo de ti, o de mí. Imaginemos que podría estar refiriéndome a la chica que te sirve la fruta en el supermercado del barrio, o a aquel mozo que corría a coger su moto en la calle, porque tenía prisa en llegar a alguna parte. O tal vez no hable de nadie.

Supongamos que aquella mañana te levantaste y decidiste que a pesar de la lluvia y del intenso frío, era un día perfecto para salir a la calle. Buscaste tus botas y te calzaste, eligiendo primero la derecha, contemplando el barro seco adherido a la suela. Cuando estuviste arreglado, con la cara lavada y fresca, saliste por la puerta y te azotó el viento gélido que recorría la ciudad. Sonaba la tormenta allá a lo lejos en la sierra de Madrid. Era un día de perros, de nubarrones de tripa negra. Te encantaba.

Echaste a andar, sin paraguas, sin capucha, con la lluvia arreciando y el agua resbalando por tu cuerpo. Caminaste con paso firme, y tus piernas sabían adonde se dirigían antes que tú.Llegaste a aquel portal de reja antigua y te detuviste ante él. La puerta estaba cerrada y a través del enrejado adivinabas la oscuridad del interior. Extendiste un aterido dedo índice y llamaste al timbre, no de un modo consciente, pero sí deseado. Cuando respondieron, dijiste simplemente: “Soy yo”. Y la puerta te cedió paso.

Dentro se estaba bien: hacía frío, pero no llovía, ni soplaba el viento. Al fondo, una rendija de luz clara. Te dirigiste hacia allí. Temblabas. Según te aproximabas, la rendija se ensanchó e iluminó el oscuro portal, y dibujó la silueta de una cabeza y de un torso: el del cuerpo soñado.

Sobraron las palabras, pues ambos os limitastéis a miraros fijamente. Os brillaban los ojos y en la profundidad de vuestras pupilas os vistéis a vosotros mismos abrazados cuerpo con cuerpo, muy estrechamente, en un pasado tan cercano que dolía. Un sonoro y profundo beso resonó en las escaleras. La puerta se cerró, y el portal volvió a sumirse en la oscuridad.

Fuera ya no llovía.

domingo, 25 de mayo de 2008

Quiero

–“Quiero hacerte el amor. Ahora. Con la habitación en penumbras y tu olor que también me penetra” –dijo ella. Intentaba transmitir seguridad, pero sus rodillas le fallaban.

Él la miró con los ojos brillantes, iluminados por esos suaves rayos del sol del atardecer que se filtraban por la ventana y que extraían una verdosa luz de su mirada. Su cuerpo estaba en tensión, preparado. Palpitante. Sus carnosos labios se entreabrían en el comienzo de una sonrisa, mientras la observaba entre excitado y curioso.

Una mano enorme, masculina, de palma callosa, se deslizó hacia los pechos de ella, abriéndose camino por debajo de la camiseta, subiendo, siguiendo con la punta de los dedos la suave línea del ombligo. Sopesó primero un pecho y luego tomó el otro. Los acarició con dulce torpeza.

Ella gimoteó y entreabrió las piernas. Por fin volvía a ser amada. Ya estaba hecho.

¿Quiénes eran ellos? ¿Qué más daba el resto?